sábado, 19 de febrero de 2011


Cree el mundo que las monarquías, en la gran mayoría de las naciones, han desaparecido. En absoluto. Existen en todas ellas con otros nombres y otras apariencias. El espíritu monárquico, sus vicios, sus abusos y el despotismo presente e imperecedero siguen incólumes como en los tiempos en que un monarca hacía del país que lo mantenía una propiedad, incluidos sus habitantes. Al servicio de él y por él se hacía todo: Se torturaba; se mentía; se mataba; se esclavizaba; se invadía, se robaba; se requisaba por la violencia, casi siempre injustamente; se discriminaba por medio de los privilegios, siendo éstos a contranatura
y por la fuerza, trayendo la miseria y el legorismo o el analfabetismoa sus propios conciudadanos. El rey y su Corte viviendo en la más cruel e impúdica abundancia, mientras el pueblo sufría escasez y persecución, directa o indirecta. Se armaba a una tropa represiva e inhumana y despiadada para mantenerse, a toda costa, en el poder inicuo y feroz

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